No podemos pensar que un sufrimiento es mayor que otro. Hay sufrimientos causados por diversos motivos; sin embargo, las personas muchas veces valorizan el sufrimiento para dar cuenta de algo: “hay gente que está peor que yo” o “lo que me tocó sufrir en mi vida no se lo deseo a nadie”. Pero ¿qué es lo que quieren expresar realmente? A simple vista parecería que hablan del sufrimiento, pero no es así: dan cuenta de algo que está por detrás de su sufrimiento, y es la docta ignorancia.
Nuevamente, el circo de los medios de comunicación nos muestra lo que ocurre en Venezuela. Dependiendo de qué lado de la mecha te encuentres, te van a mostrar una realidad, un sufrimiento determinado. Y desde ahí comienza una interpretación subjetiva del sufrimiento ajeno y, con un poco de coraje, la determinación de una posición frente al hecho. Pero ese posicionamiento no implica un acto de verdad ni de razón: es un acto de empatía (palabra que a los psicoanalistas les cae pesada).
Ahí comienzan a funcionar vehementemente las varas de la subjetividad, sin dar cuenta de que la bella docta ignorancia está detrás de nosotros. A veces, incluso, destiñe una verdad de quien verbaliza su posición frente al hecho. Y, en el mejor de los casos, podemos ser conscientes de una verdad: no saber.
Yemen está sumergida en una guerra civil por intereses religiosos, étnicos y económicos; nos vimos conmovidos por la foto del pequeño Aylan Kurdi, un niño de tres años muerto por la guerra en Siria; el feroz accionar de Boko Haram en Nigeria; o el reciente estallido social en la pequeña y pobre isla de Haití. Podría describir muchas situaciones más. Pero ¿por qué algunos se conmueven por el sufrimiento de nuestros hermanos venezolanos y no por los otros? ¿Por qué ser indiferentes a un sufrimiento y no a los demás?
El destierro de millones de venezolanos nos hizo entrar en contacto con una realidad lejana: subir a un Uber y darte cuenta, por el acento, de que quien conduce es de allá. Contarte lo mal que se vive allá. Pero profundicemos algo: conducen un automóvil de un valor importante, inaccesible para alguien que emigró por problemas económicos. Es decir, trabajan para otra persona, alguien que les “favorece” el uso del automóvil. No trabajan como choferes de taxi (lo cual implica otra reglamentación), sino en un servicio hoy ilegal en nuestro país. En la selección de personal para un negocio, recibí muchos CV de venezolanos que ofrecían trabajar por números por debajo de un sueldo promedio. Incluso conocí a dos hermanos que trabajaban 14 horas diarias, excepto domingos y sábados por la tarde, y el dueño les pagaba una miseria a ambos. ¿Por qué el destierro de millones de venezolanos duele y el de los colombianos no? ¿O el de los miles de africanos que venden anteojos y relojes?
Hoy en día, el sufrimiento de los venezolanos, como el de tantos otros, es igual: ni mejor ni peor. Están en medio de luchas de poder con intenciones diversas. Y ahí comienzan a pensarse los bandos: “los buenos americanos en busca de la libertad de los países” frente a los tiranos “rusos y chinos con intenciones malditas”. Claramente, donde te pares, de algún lado vas a quedar. Esos “buenos” o “malos” son como quienes desprecian la opción de otros, tildándolos de “ladrones porque estás con tal o cual”, “son todos iguales si se juntaban con este o aquel”, sin tener un discurso coherente. Y el problema radica justamente en el discurso coherente.
El discurso coherente, en lo personal, es aquel que está por fuera de los buenos y los malos, sentando una posición más sensata: ir más allá del bien y del mal. Me duele ver y leer cómo miles de venezolanos están siendo utilizados para fines opuestos, porque detrás de ellos —como detrás de cada uno de nosotros— hay un interés determinado. Ese interés nos determina: el deseo, siempre único, personal y verdadero. Y el deseo, como tal, escapa a todo totalitarismo, sea cual fuere. No se puede estar en un lado y en el otro; no se puede decir tal cosa y ser distinto en la vida personal. Hay intereses claros en Venezuela, Siria, Yemen o Nigeria, donde actores pesados juegan detrás, y donde los únicos sufrientes siempre son los pueblos, las personas que hacen a un país. Si me conmuevo por el sufrimiento de los hermanos venezolanos, al menos debo ser coherente con el sufrimiento de los sirios o de los propios argentinos que también sufren.
Y si no se habla de otros sufrimientos, es porque solo interesa uno. Y si solo interesa un sufrimiento, es porque detrás de ese sufrimiento hay un interés que beneficia a quien lo defiende. ¿Cuál será? Puede ser económico, de prestigio, de difusión, de odio, de amor u otros.
Tal vez lo único que creo tener claro es que hay personas sufriendo, y que hay Otros que utilizan ese sufrimiento en beneficio propio. Humanos… demasiado humanos
