Pronto corrió la silla, su memoria evocó una imagen, que había desaparecido de su caudal. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su cuerpo se desplomó sobre el suelo de madera, que revestía su pequeño hogar. Sus manos comenzaron a temblar y las lágrimas eran presa de una desazón que aquella imagen traía. Dicha imagen se había cristalizado en la conciencia. Entre gemidos e insultos, intentaba que aquella imagen, como había aparecido, volviera a desaparecer.
Por aquel instante la imagen desapareció. Pero ya era tarde para sentir y pensar, que ese recuerdo no volvería jamás. Se levantó del suelo, aun temblando; secó sus lágrimas y con su paso lento y torpe, llegó hasta el baño. Abrió el grifo de agua fría del lavatorio, lavaba sus lágrimas que aún seguían corriendo por su rostro. De vez en cuando levantaba su cabeza del lavatorio y se observaba en el espejo. Pero su visión aún era borrosa, ¿Sería por las lágrimas o por aquella imagen?
Su corazón latía desesperadamente y su aliento se quebraba de tanto en tanto. Pareciera que su cuerpo no podía resistir aquel recuerdo. Cerró la llave de la grifería del lavatorio y aún sentía que toda la casa se movía. Lentamente se acercó hasta la bañera, entró dentro de ella a gatas, se sentó cerca de los grifos y con la poca fuerza que tenía abrió la grifería de agua fría.
Con fuerza, la lluvia de la ducha golpeaba sobre aquel cuerpo confundido. Sus ropas prontamente quedaron mojadas; y sus lágrimas se mezclaban con la lluvia de la ducha. Levantó sus manos y las sitúo frente a sus ojos. Intentaba observarlas pero aún su visión estaba obnubilada. ¿Por qué? Repetía una y otra vez. Intentó pararse, pero sus piernas no tenían la fuerza necesaria para sostener aquel envase que contiene el transcurso del tiempo. Nuevamente intentó pararse, apoyó su espalda contra la pared, usándola como sostén y con la ayuda de sus manos, poco a poco comenzó a subir, como las vías del tren, aquella pared le servía de guía. Una vez que su ser podía sostenerse, aunque tambaleante, robó una bocanada de aire y salió de la bañera. Su caminar era semejante a una persona muy vieja, lo cual no condice con su edad. El suelo se iba mojando a cada paso, a cada paso un reproche su boca dejaba caer.
Pesadamente comenzó a desvestirse, aquellas ropas eran bolsas de arena mojada, como aquel recuerdo. Apenas podía coordinar sus movimientos y en la posibilidad de coordinar alguno de ellos, lograba desprenderse de su vestimenta. Había quedado atrás el baño y aún se escuchaba la lluvia de la ducha, un par de zapatillas y medias dispersas en aquella habitación eran testigo de lo que sucedía.
Aquel cuerpo humedecido buscaba un lugar seguro para él, aún su paso era lento y tambaleante, dejó atrás una camisa mojada y sus botones arrancados. En un momento de lucidez de sus ojos, advirtió que su habitación estaba cerca y su ser se encaminó hacia ese cuarto. Cuando llegó a la abertura de su cuarto, el pantalón húmedo dejó caer y a su vez intentó dar un paso. El cuerpo perdió su equilibrio, errático, pero equilibrio al fin y como un árbol talado por un leñador, cayó al suelo, aquel golpe fue una caricia en comparación con aquel recuerdo. Arrastrándose dejó atrás su pantalón, su ropa interior y tal cual venimos al mundo quedó; ese cuerpo desnudo y húmedo era una prueba de un recuerdo pasado.
Llegó a los pies de la cama, tomando las sábanas que aún estaban desordenadas, comenzó a treparse, como queriendo escapar de su recuerdo. La altura de la cama se asemejaba a una montaña imposible de escalar. Una vez en la cima, su propio cuerpo se entrevero buscando una posición que le brindara seguridad o calor, sin embargo a esa altura ya no sabía que deseaba aquel cuerpo. Las sábanas se humedecieron prontamente, y su cuerpo optó por una posición fetal. Las lágrimas parecían no tener fin, y su rostro reflejaba un tinte de tristeza y horror. Aquella imagen desaparecía tenuemente por unos segundos y regresaba con más ímpetu; y su permanencia cada vez era mayor en la conciencia.
Su mirada se había perdido, el brillo de sus ojos se opacaron, las lágrimas solo corrían, pero ya habían perdido su sentido. Un jadeo tímido e hiriente era una melodía que se podía oír a unos pasos de aquel cuerpo húmedo, lastimado y entreverado en la cima de una montaña de recuerdos sarcásticos que el alma nunca olvida, que tan solo los alejas por breves instantes, donde el tiempo pierde su fuerza y su sentido; y el espacio se coagula en la angustia y dolor de la impotencia de sufrir lo que nadie quiere obtener en su vida.
Así es aquella imagen, una de las tantas que todos ocultamos hasta que su pálida sensación nos avisa que el olvido solo es la reminiscencia de un recuerdo mal guardado.
