miércoles, 1 de abril de 2026

El último reproche


—¿Una terrible consecuencia puede suceder?

Ella le susurró al oído a Carlos. Él la miró con desconfianza y se apartó unos centímetros. Romina sostuvo su mirada, como afirmando lo que acababa de decir.

Un instante desolador atravesó a Carlos.

—¿Será posible? ¿Será otro de sus engaños? —pensó.

Tomó los brazos de ella; en el iris de sus ojos amanecía la ira.

—No será otro de tus engaños, de esos a los que me tenés acostumbrado —la voz de Carlos retumbó en la habitación—.

Ya no creo en vos ni en nada de lo que digas. ¿Me escuchaste? Hablo en serio.

Cada palabra era una descarga de odios acumulados. Los ojos de Romina dejaron caer un par de lágrimas; su voz se quebró.

—Es en serio. Sé que te cuesta creerme, pero es así. Puede suceder lo más terrible, y vos lo sabés bien.

Carlos la soltó. Su cuerpo se deslizó hacia atrás, lentamente, sin dejar de observarla. Sus ojos parecían decorados con gotas de cristal.

—Siempre es lo mismo… siempre sucede algo cuando yo elijo.

Retrocedió hasta tropezar con una silla y se desplomó sobre ella. Miró el suelo, tomó su cabeza entre las manos. Ya era demasiado tarde para su amanecer: el sol de la ira crispaba en el horizonte de su mirada. Sus dientes rechinaban. Las lágrimas comenzaron a salir sin permiso. Movía la cabeza intentando descreer lo que ella había dicho.

Romina se acercó, se arrodilló y, entre lágrimas, volvió a susurrarle:

—Es así, mi amor…

Sus manos lo acariciaron con una compasión temblorosa.

Carlos se recostó en el respaldo duro de la silla. La miró directamente; Romina no soportó la mirada inquisidora y desvió los ojos.

—Esta vez no voy a caer en tus mentiras. Ya no. Nunca más. Me juré una y mil veces que esto sería así.

El tono de su voz eran cachetadas para ella.

—¿Por qué corrés la mirada? ¿No soportás que descubra tus mentiras? —pensaba él, mientras sus lágrimas se volvían un torrente de tormento.

Los minutos se marchitaban. Una nueva hora florecía en la madrugada de aquella noche sombría, más oscura de lo que la confusión permitía.

Carlos sentía que nada de eso podía estar sucediendo. Miró el cielo raso; sus lágrimas caían al piso. Se levantó bruscamente y el cuerpo de Romina cayó al suelo.

Ella se atemorizó. Pensó que todo podía suceder esa noche. Él caminó hasta la ventana del departamento, iluminado apenas por una media luz. Secó sus lágrimas y miró perdidamente los edificios.

El silencio no tardó en llegar. Ella seguía con miedo; él, confundido.

Romina se levantó sin que él lo notara. Caminó hasta la cocina, abrió la gaveta de los cuchillos, tomó el más grande y se vio reflejada en el filo.

Carlos cerró los ojos buscando un instante de paz, pero era imposible. Sacudió la cabeza, abrió los ojos y volvió a perderse en la ventana.

Ella regresó con el cuchillo oculto bajo un diario viejo sobre la mesa. El mango gastado apenas se veía.

—Sé que todo esto es raro, pero no encuentro otra manera de decírtelo —su voz se transparentaba en el silencio que oficiaba de testigo de la angustia de él.

Carlos cerró los ojos y un recuerdo leve le robó una sonrisa. Romina, al verla, empezó a temblar. Todo podía suceder en ese relámpago de confusión. Buscó que su mano quedara cerca del arma escondida.

—Sabés, Romina… todo vuelve a comenzar de nuevo, una y otra vez —dijo él con un aire de compasión—.

Cuando lo nuestro empezó me pregunté mil veces hasta cuándo tus mentiras, si alguna vez me hablaste con la verdad. Y ahora esto…

Una risa sutil escapó de su boca.

Gotas de transpiración nacieron en la frente de ella. Sus manos húmedas revelaban un temblor creciente.

El silencio volvió. Ella lo observaba, esperando lo peor. Él seguía inmóvil frente a la ventana.

De pronto, una carcajada irónica estremeció la habitación. El terror se abrió paso en ella.

Su mano buscó el mango del cuchillo, pero algo la inmovilizó. Carlos se dio vuelta: en sus ojos ardía un mar de fuego. Su rostro se había transformado; la carcajada se volvió una risa oscura.

Ella lo miró, presa del pánico.

—Sabés, mi amor… hoy es la última vez que discutimos. Hoy escuché tu último reproche.

Carlos había sentenciado a Romina. ¿Cuál sería la condena?

Ella no podía creer lo que veía. El miedo corría por su cuerpo. Su piel se erizó; sus ojos se llenaron de perlas.

—¿Qué te pasa, amor? —preguntó ella, temblando.

Carlos se acercó, tomó su cuerpo inmóvil y la arrojó contra la pared. Lo peor aún no había llegado.

Ella golpeó su cabeza; un hilo de sangre caminó por su oído. Apenas pudo emitir un alarido.

Carlos avanzó sobre ella y comenzó a golpearla mientras reía y lloraba, susurrándole:

—Este es tu último reproche… este es tu último reproche…

Romina no tenía fuerzas para defenderse. Solo pensaba en el cuchillo.

La situación se desbordó: gritos, súplicas y golpes invadían el departamento.

—¡Romina! ¿Qué pasa? —se escuchó desde el pasillo.

Los golpes en la puerta se mezclaban con los gritos. Ella solo pensaba en el cuchillo. En un instante de desconcierto logró escapar. Llegó hasta la mesa, tomó el arma y se la mostró a Carlos.

Ambos quedaron frente a frente, mirándose fijamente.

—¡Romina! ¿Estás bien? ¿Qué pasa ahí dentro? —insistía la voz detrás de la puerta.

Ella no podía responder.

—¿Qué vas a hacer, mi amor? —preguntó él, casi tímido.

—Si algo me pasa a mí, también te pasará a vos.

Una gota de sangre cayó sobre el cuchillo. El reflejo de ella se tiñó de rojo.

Sus miradas lo decían todo: odio y amor mezclados; rencor y venganza iluminando sus ojos.

Romina gritó y se arrojó sobre él. Un ruido de cristales estalló mientras lo apuñalaba una y otra vez.

Él reía. Ella perdía fuerza.

—¡Romina! ¿Qué pasa? —la voz insistía, intentando entrar.

Romina ya no podía más. Sus manos estaban teñidas de rojo. Contempló la escena: ella sobre él, ambos entreverados en sangre. La mirada de Carlos se había apagado.

Sonrió con su rostro manchado, se inclinó y le susurró:

—Te dije, amor… algo terrible podía suceder. Y esta vez no te mentí.

Luego se desplomó sobre él. Cerró los ojos. Un último suspiro escapó.

—¡Romina! ¿Estás bien? ¿Qué pasa? —insistió la voz.

No hubo respuesta.

El vecino tomó impulso y golpeó la puerta. En el tercer intento logró entrar.

El departamento era un cuadro desolador: muebles manchados de sangre, una luz tenue iluminando lo más triste.

El cuerpo de Romina yacía en el suelo, con un puñal en el abdomen. La sangre dejaba ver los múltiples cristales de un espejo roto frente a su rostro sereno..


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El último reproche

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