domingo, 16 de abril de 2023

"Maldito Lunes"

No se sabe bien porque pero los lunes son malditos, será el comienzo de semana o  el fin del fin semana, pero los lunes no son nada gratos. Otra vez la opresión de lo cotidiano con el trabajo y esas obligaciones vanas que nos someten comienzan los malditos lunes. Era el momento más terrible del año, 20 de diciembre y uno está asqueado del todo, vienen las hipócritas fiestas de navidad y la borrada memoria del primero de enero.

Joaquin maldecía para sus adentro viajando en el subte A, a su maldito trabajo a las 7:59 de la mañana. Ese subte estaba apestado de personas con caras largas, molestos por el calor y abrumados por el fin de año que se lleva a cuesta. Y entre ese mal-estar general la vio a ella… de pronto sus maldiciones se fueron de su mente y por primera vez escuchaba la música que salían de sus auriculares y mientras la veía tan detenidamente escuchaba la frase “me prendí al verte, me volví al despertar”, tal vez, los lunes no son tan malditos cómo parecen. 

Joaquin parecía despertar de un letargo, no sabía bien por qué pero hace un tiempo atrás había apagado su vida, bah había puesto ese piloto automático que se pone cuando todo es igual, siempre igual, todo lo mismo. Nunca fue un tipo de buena suerte, tampoco se puede afirmar que tuviera mala suerte pero era un tipo de buena suerte para las suertes malas. Y pese a varios arrastrones que la vida le había pegado, tenía una especie de buena fé, de cierto romanticismo de que siempre había algo mejor por venir. No compraba libros de autoayuda, ni tenía mucha lectura pero la poca que había leído era suficiente. Era un empleado administrativo de una empresa de seguros, 39 años acusaba su rostro y unos 70 en su mente. La vida de él se asemejaba a su traje gris que usaba para su trabajo, formalidad, sobriedad y aburrimiento. No tenía muchas historias de amor para contar, pero sí una, que lo había hecho sufrir más de la cuenta, tal vez por esto seguía solitario, o bien, porque nunca arriesgo demasiado en el juego del amor. 

Las pupilas de él se dilataron frente a esa mujer, entre todas esas personas malhumoradas, estaba ella con una sonrisa especial, sus profundos ojos negros y el salpicado de sus pecas en su blanca piel  daban una combinación fatal, pero él había quedado preso de esos labios sutilmente carnoso y pintados de un rojo rubí. Su pelo era lo suficientemente largo para lucir la guerra de su pelo ondulado de un rojizo ocre. Era un cuadro de Van Gogh mezclado con uno de Francisco Vázquez, era demasiada bella para un pobre diablo cómo él. Joaquín no podía salir del trance que le provocaba verla a ella, en su mente repetía “¡No puede ser tan linda!“. Ella sintió que una mirada la deseaba -él la vio en cámara lenta a ella en ese momento- giró levemente su cabeza hacia donde estaba Joaquín y se topó con esa mirada pecaminosa. Sus miradas hicieron contacto, por ese instante los dos conocieron la eternidad y se perdieron en ella, tal vez, los lunes eran tan malditos cómo parecen.

Joaquien se puso nervioso de pronto, nunca había sentido el fluir de sus sangre por su cuerpo, sus ojos se volvieron incómodos por un momento, movió un par de veces su cabeza, tal vez ella pensaría que la había visto de casualidad y no se daba cuenta los 20 minutos que él venía cautivo por el rostro de ella. La mirada de ella le generaba la peor de las incomodidades, esos profundos ojos negros eran la perdición. Joaquín trata de salir de esa situación embarazosa y dejo de mirarla. Ella, sin embargo, comenzó a mirarlo fijamente y con una sonrisa picaresca, busca la provocación de la mirada de él. En esa tensión, el subte frena y en el tumulto de gente queriendo salir y otros entrar, la mirada de los dos se perdió. Joaquín, movía con rapidez su cabeza tratando de no perderla de vista pero habían entrado tantas personas, que no pudo volver a verla. 

-Qué mujer preciosa! Si no fuera tan cagón, ¡me la encaro!... Igual por más que me la encare ni bola me va a dar! Joaquín no estaba convencido de sus fuerzas. En ese momento el subte había frenado en la estación donde Joaquín se bajaba para ir a su trabajo forzoso. Cuando él se percató de ello, salió corriendo hacia la puerta antes que esta se cerrará. Caminaba rápidamente hacia su trabajo y en su mente repasaba con obsesión el rostro de ella. Se sonreía cada vez que recordaba cuando la mirada de ambos había colisionado entre sí. 

Las horas pasaban en ese aburrido trabajo y en años no se lo notaba tan alegre a Joaquín, aquel rostro había despertado una sensación profunda en él, sensación que había olvidado. No podía dejar de pensar en esa mujer del subte, Joaquín estaba hechizado por esa mirada profunda y esos labios asesinos. Lo único que repetía Joaquín para sí era su deseo fuerte, que al regreso a su casa, poder volver a encontrarse a esa mujer. Tal vez, se animaría una vez en su vida hacer arriesgado. Cómo un perro sabueso buscando su objetivo, esperó unos minutos en la estación del subte, miraba por todos lados a ver si aparecía ese rostro, pero en la multitud de personas era imposible, incluso no sabía si se había bajado antes o después de la estación donde él se había bajado. 

Joaquín no sabía qué hacer, estaba confundido. El subte había llegado mientras el intercambio de pasajeros ocurría, él se quedó en la puerta para ingresar pero eligió quedarse, camino unos pasos para atrás para dar lugar y miro hacia adentro del vagón lleno de personas. Se escuchó el timbre de que las puertas se cerraban y un suspiro dejó caer. En ese instante miró hacia adentro del vagón y sin querer se perdio otra vez en esos ojos negros, ahí estaba esa mujer mirandolo fijamente con su sonsria brillante, él no pudo, ni queria y sucumbió a esa mirada. ¡Eran el Cosmo esos ojos! pero pronto se alertó del movimiento del subte lo despojó de contemplar el Cosmo y comenzó a caminar rápido al lado del vagón, mientras ella adentro lo seguía mirando. El subte tomó más velocidad y las piernas de él no le daban la velocidad para seguir el vagón, golpeó un par de veces en el vidrio del tren, deseando que frenará el mismo pero la buena suerte nunca fue una virtud de él. 

El subte entró en su cueva y se perdió frente la mirada atónita de Joaquín, la gente lo miraba sin comprender la situación, un par de murmullos entre tanto ruido. 

Joaquín agacho su cabeza, volvió varios pasos atrás. No podía creer que había perdido la oportunidad de volver a verla. No importaba si le hablaría, él tan solo deseaba volverla a ver. Pasarón unos minutos hasta que llegó el subte, Joaquín entró cabizbajo y encerrado en sus pensamientos, no podía aceptar su mala suerte. El tren comenzó su viaje, no sabía bien que había perdido él en ese instante pero no podía dejar de recordar esos ojos negros profundos. Sería de esas maldiciones, de los malditos lunes…

Continuará...

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